Si muero, no moriré del todo

Son las 04:32 de la madrugada y estoy en cuclillas sobre uno de los huevos gigantes del Teatro-Museo Dalí en Figueres. Mi vestimenta es ceñida y negra: pasamontañas, mochila, mallas, guantes y calzado silencioso, además de tecnología puntera. Llevo meses planeándolo; mi objetivo es entrar, exhumar el cadáver momificado de Dalí, cortarle el bigote y salir pitando con su icónico símbolo.

Avanzo con sigilo por el tejado y uso la técnica clásica de corte con diamante, abriendo un agujero perfectamente circular en la cúpula de cristal del escenario. Quiebro un huevo para anclar mi cuerda, desciendo suavemente al interior y aterrizo sobre la tumba del artista.

Extraigo mi palanca, diseñada para levantar toneladas, y desplazo la losa sepulcral. Estalla una nube de polvo rancio y, sosteniendo las tijeras para podar el mostacho, escucho:

—¡Quieto parao!

Una voz segura y decidida proviene de la oscuridad de la fosa. Con un movimiento mecánico, se incorpora el cuerpo del artista, visible de cintura para arriba.

—¿Quién osa molestarme?

¡Dalí sigue vivo!

Aunque parece algo momificado, conserva todos sus rasgos distintivos: sus ojos, su piel, su pelo y, por supuesto, su bigote.

Quedo atónito antes de poder pronunciar una sola palabra, y el artista exclama:

—¡Acabas de interrumpir mi gran obra!