Michael Jordan brincó un feliz 7 de febrero de 1987 y aún no ha tocado el suelo. Los primeros años agarraba el balón a dos manos encogido de hombros, recreando un perpetuo aro pasado, en trance, con la lengua fuera. Progresivamente fue adquiriendo la postura de su símbolo, la de estrellita de mar en el aire.
Murió hace siglos, solo queda el esqueleto de la difunta leyenda sujetando el balón ya desinflado, surcando el firmamento en una exhibición eterna.
Aunque ya nadie conozca el baloncesto, ni sepa jugar, el Jesús Negro —como se hacía llamar—, sobrevuela las cabezas de los mortales que vivimos en este oscuro y contaminado planeta, adorando un esqueleto sin saber por qué, que cada ciento cincuenta años pasa por encima de nuestras cabezas, sirviéndonos de inspiración para nuestro futuro salto.